Un largo camino a casa

Un largo camino a casa

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2 años desde aquel 2 de enero

Este año decidí estar sola durante este día. Se cumplen 2 año del accidente. 

Sola durante el día. Un mar de lagrimas, millones de pensamientos. Gente que estuvo cerca, gente que se alejó, gente que pasó.. cosas que pasaron. Mirar de forma transversal estos 2 años… tan poco tiempo para el cuerpo, para el alma, tanto dolor, tanto enojo, tanto… y gente que me acompaño, que supo estar que supo darme la mano, que supo verme armar mi vida … 

No había llorado, hoy lloré, anoche lloré.

Lloré tanto… y me animé a leer un texto que mi hermana escribió…

transcribo un fragmento… Y acá estoy en pie, con esta fortaleza que descubrí tener. Y es irónico, porque es ella quien me logra hacer dejar de llorar… son sus palabras las que me hacen compañía. 

LA RECONCILIACION

Y lo próximo que vi fue algo que se nos venia encima: un ómnibus impacto sobre nuestro auto, de su lado.

-¡Rosario! ¡Rosario! ¡Rosario!

Y pensé: mi vida sin ella no existe. Yo no existo. Una paradoja del amor su dimensión y profundidad surge con la posibilidad de perderlo, algo que afecta nuestra vida y vínculos con otros. Hay peleas que permanecen hasta que algo fatal ocurre. Ojala supiéramos antes de una eventualidad, de una casualidad, de un accidente lo que sentimos por el otro. Viviríamos otra vida.

Ya la tenía entre mis brazos. El auto había parado después de girar sobre si mismo. Casi todo el impacto había sido sobre el lado de mi hermana, mi hermanita, la persona que más quiero en el mundo, en verdad la única persona a quien quiero. La puerta incrustada en su cuerpo: pies, piernas, caderas, senos y hombros. Yo, sentada al lado suyo, había pasado el brazo debajo de su cuello para sostenerla. Su cuello sin sostener su cabeza. Su cara afuera, lastimada. Sus ojos idos para atrás. Vomitaba. Su cuerpo atrapado, la puerta incrustada. Yo no sabía si tenía cuerpo, ni tampoco si tenía vida. Al principio, intente sacarla porque pensé que el auto podía explotar. Por sus quejidos, por su dolor no pude. Igual no era posible sacarla, por la puerta. Y pensé: si explota que explotemos las dos… Yo me muero acá. Con vos…  

Pronto hubo más gente alrededor. Y la posible explosión se había disipado. Una mujer le tomaba el pulso, y me decía que respiraba.

-Sostenele la cabeza y no dejes que se trague su vomito.

-¿Pero qué hago?

-Seguí… haciendo lo que estas haciendo… Vas bien

Su marido enfrente, del otro lado del auto, afuera, junto a la ventana del lado de mi hermana, llamaba a la ambulancia. Pero la ambulancia no llegaba. Y yo sintiendo que se me moría ahí, sin poder despedirme. Sin siquiera poder mirarle los ojos. En el asiento de atrás, había otras tres personas. Mire, los otros estaban heridos pero bien. Ella era la única grave.

-Vas bien, seguí haciendo lo que estas haciendo…

Luego, distinguí un chico y una chica. Afuera, más personas y confusión. La gente se había bajado del colectivo, eran adolescentes. El conductor, nos miro y ni se acerco. Un hombre nos filmaba. Yo miraba a mi hermana, intentaba hacer lo mejor, cuando quizá no alcanzaba. Algo difícil. Y la impresión, que todavía me persigue hoy, de que se iba muriendo, y con ella yo.

Entre seis hombres arrancaron la puerta. Algo que en un accidente de autos nunca debe hacerse, de tener una hemorragia la persona se desangraría. Pero no pude evitar que lo hicieran. Arrancaron la puerta y de casualidad su cuerpito estaba entero. Entero. Respiré. La sentí respirar con algo más de fuerza, una mínima, que surgía de su interior, de la que ella no era conciente. Una que no le devolvía la mirada, ni la vida, ni le sacaba el golpe de la cabeza. Seguía vomitando. Y yo seguía sacándole el vomito de la boca.

Llegó la ambulancia. Le pusieron el cuello. Le dije a la enfermera:

-Le tapaste la  boca. Se esta vomitando encima. …Se va a ahogar.

Se lo sacaron, se lo pusieron de vuelta.

Apoyaron una camilla en la puerta y la sacaron. No sabían demasiado, era casualidad que le hubieran sacado bien. Pero la sacaron. La subieron y me dijeron que no podía subirme atrás. Le harían los primeros auxilios, que en general sirven de poco. Y lo próximo que hice fue sacar sus cosas del auto: cartera y documentos, i-pod y anteojitos. No sabía si las sacaba para que las tuviera a penas despertará o si las sacaba para quedarme con algo cercano a ella, en caso de que muriera.

 Un chico cercano me dijo:

-Ustedes hicieron todo bien. Doblaron, después de poner el guiño. El tipo que manejaba el colectivo venía enajenado porque los chicos arriba cantaban.

El texto sigue, pero hasta acá es hasta donde leo… 

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Hacerse compañía

Te conocí.

Te conté del accidente mientras miraba por la ventana de tu casa un noche de primavera. 

Me hiciste preguntas muy puntuales y poco prácticas sobre lo que viví. Lo más importante, hiciste algo que nadie había hecho. Algo que necesitaba tanto y no me dejaba sentir la necesidad. 

Me miraste a los ojos y me abrazaste.

Y yo me dejé abrazar, me dejé cuidar, me dejé llevar. 

En resumen: lo importarse que es hacerse compañía. 

Gracias por ese momento. 

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Porque como yo, amaron a ese ser que era antes

Volver al ruedo,  volver al ruedo en el amor no es lo mismo que volver al ruedo en tu trabajo. 

Volver al ruedo en lo laboral me está costando un gran desgaste físico y mental.

Entenderme.

Entender mi energía y entender mi capacidad es tanto desgaste que me hace llegar a casa y querer dormir.

Y no puedo pensar “si no hubiese tenido el accidente sería”.

Simplemente soy esto, esta persona que quiere entenderse y ser, porque como dicen todos “estás viva”. Pero esos todos, no tuvieron ese golpe y no conviven con sus consecuencias.  

Soy esta persona que si no anota se olvida de las cosas. Una persona que no encuentra toda esa información que tiene en algún lugar. Y por más que dicen que no pasó nada de tiempo, estoy acercándome a los 2 años de no ser yo, a los 2 años del accidente. A 2 años de no saber cómo soy y para mí eso es mucho de tiempo.

Tener que pedirle a alguien que corrija lo que escribo porque no recordas las reglas ortográficas (cuando antes las sabías todas) duele tanto.

Esto hizo que empiece a sentirme mal. Ganas terribles de llorar y de gritar, insominio. Deseo de silencio.

Empecé a llamar a todas esas personas en las que confiaba y a las que amaba antes del accidente y empecé a sacar a todas esas personas que entraron en mi vida después. Como un intento de ser mi viaja yo. Que, obvio, es imposible.

Y de nuevo, es estar tan sola. No animarme a confiar en alguien porque no lo conocí  antes del accidente es horrible. 

Y lo peor es no saber como soy en el amor. 

Es horrible, pero más horrible es no querer probar. No quiero, me encantaría enamorarme perdidamente de alguien y que ese alguien me abrace a la noche y me diga cuanto me ama. Pero no puedo porque no termino de amarme en mi versión nueva. 

Y así es como saco a todo ser que se acerca a mi vida, tengo tanto miedo a ponerme en riesgo.

Y no me puedo forzar a hacerlo. 

Sé que si no corro ese riego jamás voy a poder ser feliz pero por ahora puedo amar solamente a quienes amé antes del accidente. Porque como yo, amaron a ese ser que era antes. Y podré enamorarme de nuevo, cuando ame como soy ahora y eso es algo que no veo que esté por llegar.

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Hasta que una bala me pega en la cabeza

Nada menos poéticos que este post. 

  • La fecha: viernes 1º de octubre
  • El lugar: San Andrés de Giles.  en
  • La ocasión: Edelman Buenos Aires celebra el Spring #HappyFriday,
  • La idea:  jugar al Paint Ball, con balas que van a 90 km por hora. 

Pausa. Comento: 

- Mi cabeza. 

- Hay casco.

(una vez mas, pero esta vez por adentro)

- Mi cabeza. 

Entonces agarro el celular y llamo a mi médico (que para este tiempo ya debe odiar haberme dado su número). Obvio; me contesta que la pase bien, que juegue y que gane. 

Entonces, salimos a la cancha.

En este momento fui tan yo. Ese yo al que no le importa nada, el que pone el cuerpo siempre. Esa persona que a los 6 años trepaba árboles, se caía, se mataba de la risa y volvía a subir. Esa persona que se colgaba de los balcones del lado de afuera en un piso 11, porque era divertido. 

Hasta que una bala, en el medio de la lucha de paint ball, me pega en la cabeza. 

Se me paralizó el mundo, puro miedo, tanto, tanto, tanto miedo. Mi cabeza físicamente perfecta. Pero, miedo.

La sensación que tuve fue como cuando en las películas la cámara gira sobre el paisaje y hunde al protagonista. Esa horrible y penetrante sensación de vacío. No pude hacer nada más. Pasaron horas hasta que logré llamar a una amiga. Puro vacío y miedo.  

A la vuelta caminaba con @matutec por la plaza San Martín y le comenté lo que me pasaba. Me hizo un comentario brillante, algo así como “es como cuando te lesionas jugando al fútbol y volvés un tiempo después a la cancha; es raro, pero hay que poner el cuerpo y después se te pasa.” 

Y entonces entendí que sigo siendo esa persona que puede poner su cuerpo de manera casi kamikaze. Es verdad, esta vez me paralizó un bala de pintura cerca de la cabeza, pero probablemente la próxima vez no lo haga.

Al final del día nuestro equipo “pintame ésta” ganó. Pero, la verdad, y sin intención de desmerecer a mi equipo que se supo bancar mi parálisis mental, es que gané mucho más que un partido de paint ball, gané darme cuenta que puedo seguir poniendo mi cuerpo.   

Y que la sensación de haber vuelto a nacer siempre va a estar. 

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Dejar una huella en el camino de mi historia

La semana empezó con una pregunta médica que me hizo temblar: 

- ¿Tenes algo quebrado? 

Me sorprendió poder responder sin vacilar: 

- Sí, el carneo.

A la reacción facial del consultante mi pensamiento pudo responder mientras veía  la radiografía mental de mi cráneo quebrado: Sí, el accidente fue así de fuerte e igual me sostengo acá en pie disimulando millones de sensaciones y de recuerdos de todo este tiempo en el que me fui reconstruyendo.  

Unos días después una profesora de pelo corto me hizo sentir, sin intención, muy acompañada: 

- Tomate tu tiempo, y tranquila, no te apures.

Estas situaciones me hicieron ver que voy logrando unir esos pedazos, que estoy entre mi viejo ser y ese lugar desierto. Un lugar desierto que dejó una huella en el camino de mi historia y que no solo no va a dejar de ser, sino que me ayuda a ser. 

Puedo decir entonces que  comienzo a poseer mi nuevo ser. Un ser del que me siento tranquila, orgullosa y feliz. Un ser que se supo tomar su tiempo para ser. Un ser que se alejó de la gente que la lastimaba y se acercó a la gente que la ama y que la pudo y supo acompañar. Un ser que un año y medio después se anima a soñar, a proyectar, a construir, a amar. Un ser que logró dormir más de cinco hs. después de un año y medio.  

Un ser que se siente orgullosa de todo lo que hoy ve que es y que puede vivir sabiendo que respetó el tiempo que su propio ser necesitaba. 

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Lo importante debe determinar lo urgente

Hace unos días mi amigo @j0an me hizo un comentario “hay veces que “lo urgente” te quita de vista “lo importante”. Coincidí con él, es algo que frecuentemente nos pasa.

Todo este tiempo me hizo dar cuenta que nunca debe haber nada más urgente que nuestra propia vida. Y todo ese tiempo es el accidente y el post accidente. Una nueva y asombrosa vida, en donde respiras y sentís y sonreis y te enojas y lloras, porque estas viva.  

Antes no veía que las urgencias tapaban lo importante y repentinamente un colectivo me hizo girar el curso de todo. 

Tuve que frenar y tuve que dejarme cuidar, guiar y mimar. Después de un golpe pocas cosas vuelven a ser las mismas.

Las personas ya no son las mismas con vos, lo que vos ves de ellas ya no vuelve a ser lo mismo, tu relación con el entorno cambia. Siempre y sobre todo vas a cuidar tu integridad: sentimental, física, moral, laboral e intelectual. Y sí, en este no ser lo mismo podes herir a un montón de “amigos”, pero son “amigos” que no entienden que ya no sos la misma persona que antes. En mi caso, donde algunas cosas eran leves y ahora dejaron de serlo, porque aprendí que mi vida vale mucho más que esas levedades. 

Tuve que aceptar frenar un año y medio, un cerebro que lucha por salir adelante, un cuerpo que lucha por ser el mismo nuevamente, sin querer entender que ya no lo es; y aceptar que un montón de “amigos” sacaron provecho. Ver eso, duele más que frenar, pero nada mejor que el tiempo para acomodar las cosas, así como el tiempo curó mi cuerpo, recuperé claridad, recobré fuerzas seguramente todo volverá a su lugar. Seguramente algunos “amigos” se vayan y muchos queden.  

Entonces creo que @j0an tenía razón.. “…hay veces que “lo urgente” te quita de vista “lo importante” pero a los golpes aprendí que no, que lo importante debe determinar lo urgente.

Lo importante es entender que lo más asombroso es la vida, entiendo a quienes no lo entienden.

En mi caso no puedo estar más que agradecida. Dios me premió con mi vida y la de los que estaban conmigo esa noche y con una mano que se extendió para cuidarme, sacandome así de los lugares en donde no tenía que estar.

Es así como lo importante puede determinar lo urgente. 

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El milagro de año nuevo

Y llega ese momento en que uno da vuelta la página, pero ojo, lo más importante de ese giro es que uno ya no es el mismo.Uno ya no quiere recorrer los mismos caminos, uno aprendió de ese milagro de año nuevo.

Aprendí a ver que lo que me pasó fue y va a ser siempre un milagro (de año nuevo, por la fecha), a mirar para atrás y a sentir calides en el cuerpo, porque algo hizo que yo siguiera acá de la manera en la que sigo, algo hizo que esa noche me aferrara a la vida.

Y se volvió difícil y se volvió oscuro, pero necesité decir en un momento que aunque atrás jamás lo voy a poder dejar, porque es algo que se volvió estructura en mi vida, sobre todo por eso, tengo que volver a construir sobre en este camino.

Es verdad que por más de no darme cuenta ya estaba construyendo, en ese tiempo de aparente freno, me estaba acomodando a la nueva etapa de mi vida. Durante tanto tiempo dije “es como si hubiese tenído un castillo de cartas y hubiese venido alguien y lo hubiese pateado y no quiero volver a construir”, y miraba las cartas, el mazo cerrado sobre la mesa.

Pasar por un año después del accidente, me dejó poner mi primera nueva carta. Comencé a construir sobre mi nueva estructura, y no a destruirme con ella.

Sí, fue un golpe durisimo, física y animicamente. Un no saber que te pasó, siempre buscar a alguien en un auto, en una mesa, en tu familia, que sepa mejor que es lo que te pasó. Pero nadie sabe mejor que vos que la vida te dio una segunda oportunidad, que deja volver a decidir sobre lo que queres hacer y lo que queres ser y sobre lo que queres sonreír.

Así descubrí qué fuerte que esto me hace.

Me hace fuerte porque me hace entender lo importantes que son mis amigos y mi familia en una magnitud que antes no imaginaba. Me hace fuerte porque me hace ver que esto es la base de la vida, cuanto estas dispuesto a dar por la gente que amas. Sin pensar en lo que los demás están dispuestos a dar por vos. Parecen obviedades, pero el accidente puso una lupa sobre eso, y esa lupa hizo que se viera tan chiquito todo lo demás.

Por más difícil que es volver a empezar, después no podés parar. Se puede cerrar una ventana pero siempre se abre una puerta, y cuando ponés el primer pie afuera de esa puerta no podes parar,  que feliz que te sentís cuando volvés. Se dejaron y se van a dejar cosas en el camino, pero se ganan tantas. Se gana ver la vida desde otro lugar, se gana darle la mano a esa gente que te quiso acompañar y sentirte tan seguro, se gana la felicidad de saber que quisiste estar vivo, que luchaste por estar vivo y que vas a seguir luchando por ese milagro de de año nuevo

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“Como no haces nada más”

La semana pasada una persona dicidió hacerme un chiste horrible sobre las consecuencias de la situación en la que estaba. Un chiste horrible.

Y no pudo recapacitar.

Lo único que llegó a decirme era que él me había acompañado en todo lo que yo había pasado.

¿acompañar?  Ver lo que estoy atravesando puede ser, es posible, pero ¿acompañar?

Su chiste malo estaba referido a “no haces nada más que” (refiriendose a una actividad que hago todos los días) o sea no haces nada ¿?

Irónicas palabras para una persona que lo que está haciendo es volver de un lugar oscuro y eso, amigo mío, es mucho más dficil que levantarse todos los días e ir a trabajar. Y las cosas que hago son para acompañar y ayudar ese proceso. Pueden parecerle pocas al resto del universo, pero son las que puedo.

Para las personas que me ven estoy excelente, claro no tengo secuelas físicas, mí cuerpo está completo, pero que poco vemos.

Sobrevivir a un accidente es mucho más que que lo físico haya salido ileso.

Para ser honesta y detallista mi cuerpo en estas semanas se empezó a sentir realmente mejor, con energía y con ganas.

Recién hoy se está acomodando, recién hoy se mira al espejo y sonríe, porque tiene fuerza para hacerlo naturalmente. No sonrío por lo que pasó ni por lo que pasa sino porque surge, pero esa sonrisa me llevó casi un año poder esbozarla.

Y también casi un año volver a sentir confianza en mi ser, volver a sentir que puedo ser, que soy, que estoy y que estoy saliendo adelante. Es un esfuerzo enorme por momentos, una rutina enorme, pero lo mejor es cuando viene el deseo de hacer cosas. Seguramente ahora sonrío porque  porque esos deseos van llegando, por que el cuerpo, el alma, la mente empiezan a estar preparados para eso. No debería poder apagarte las ilusiones, pero no siempre las dejamos salir, ni nos dejamos pensarlas.

Pero es tan lindo sentir que vuelven a salir, por mas chicas que sean los deseos.

Hoy por ejemplo deseo que llegue navidad porque no me acuerdo como fue la del año pasado y deseo poder abrazar a mi familia y a mis amigos en navidad y sentir realmente cuan acá de este lado estoy empezando a estar.

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Son ellos quienes me dieron la fuerza para que el péndulo se inlcuine hacia la vida

En el medio de este camino es dificil entender lo duro que debe haber sido para quienes te quieren. Para mi hermana que sostenía mi mano sin saber si iba a sobrevivir, para mi madre cuando le dijeron “Rosario tuvo un accidente”, para esos amigos a los que les sonó el teléfono y recibieron una noticia como “hay que ver como evoluciona”.

Debe haber sido un momento desauseante en el que no podían tener más que energía positiva y fuerza. Momento en el que el universo se detiene y no tenemos muchas opciones, solo se puede estar ahí, accidentada o viendo a quienes amas accidentado. No existen palabras de consuelo, o mejor dicho y no existe nada más que saber que un ser al que amas osila entre la vida y la muerte.

Y el péndulo se inclinó hacia la vida. Después de ese momento hay preguntas que rondan mi cabeza:

¿Qué hubiese sido de mi familia, de mis amigos si la balanza se incluinaba hacia el otro lado? o ¿Qué habrán sentido mis padres cuando les dijeron que me desperté y que me pueden abrazar viva una vez más?

No recuerdo ese abrazo (amnesia, cuerpo golpeado y cerebro adormesido) pero no tengo dudas de que debe haber sido el abrazo más lindo del mundo. Y aunque el cerebro no se lo acuerda mi cuerpo todavía lo siente. Y mi cerebro sí se acuerda una frase paterna: “No estamos completos sin vos”.

Pero dejando las preguntas atrás tengo una gran certeza: Fui yo la que los hice pasar por todo esto y ellos quienes me ayudaron a pasarlo, son ellos quienes me dieron la fuerza para que el péndulo se inlcuine hacia la vida.

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Sé que cuando logre unir esos pedazos sin ni siquiera darme cuenta voy a dejar de estar en un lugar desierto

El cuerpo es en este tiempo un lugar desierto, sí soy muy consciente de lo que estoy afirmando. Es como si ese colectivo cuando chocó contra la puerta de la camioneta hubiera empujado a mi ser a un lugar desconocido.

No fue tan fácil para mí entender en donde estaba, pero sí notaba que estaba llena de enojo. Mucha gente tuvo que transitar mis enojos, algunas personas se lo tomaron de manera personal y otras se quedaron en la orilla.

También hay momentos de calma artificial.

Imagino reclinar la cabeza sobre una almohada, cerrar los ojos y que la calma deje de ser artificial, para poder tomar pasesión de mi ser (mi vida, de mi cuerpo, de mi alma) para poder ir hacia esa orilla con toda la gente que veo desde el desierto

Sí, desde acá se ve a la gente seguir en lo que podemos llamar la realidad, esa realidad que antes era también la mía.

Al principio me dejaba invadir por sus imagenes, pensando que iba a sentir la misma satisfacción que se tiene cuando uno se sienta al sol con las palmas hacia arriba y el cuerpo se llena de energía, pero no fue así. Uno no puede llenarse de energía con la vida de la gente en la orilla, uno se tiene que llenar de energía con su propia vida, no hay manera de modificar eso.

Pensé que sí podría durante un tiempo.

Así fue como durante varios meses (y varios meses implica casi un año) mi vida fue o es la que enumero: estar en un desierto sin ni siquiera saberlo, enogarme con mucha gente, muchas veces, por muchas cosas; mirar la vida de los demás en la orilla, ver como la gente se acerca a mí, se aleja de mis enojos, se aleja de mí, ver algunos evitar acercarse, ver a otros acompañar mi desierto desde donde pueden hacerlo, ver a otros aprovecharse de la situación y hasta discriminarme.

Pero igualmente toda esa gente sigue estando en la orilla y yo sigo en este desierto. No hay otra manera de acompañar este momento si no es con respeto y entendimiento.

Ahora que entendí que estoy en un desierto puedo recontruir las diferentes porciones de mi vida, lo hago con mucha tranquilidad, con otra mirada, con experiencia. Algo sí está claro: no todos tenemos la posibilidad de volver a armar nuestra calma pero habiendo aprendido. Sé que cuando logre unir esos pedazos sin ni siquiera darme cuenta voy a dejar de estar en un lugar desierto.